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Ingeniero colombiano cumplió el sueño de ir a la casa de Beethoven en Alemania y escribió un cuento inspirado en ello

El ingeniero presta sus servicios para RCN Radio Bucaramanga.

Suministradas Álvaro Guevara, ingeniero de RCN Radio Bucaramanga, visitando la casa de Beethoven en Alemania

El ingeniero santandereano Álvaro Guevara, oriundo de Sabana de Torres, quien además se desempeña como ingeniero en RCN Radio Bucaramanga, fue invitado al programa La Tertulia para hablar acerca de su pasión y admiración por el reconocido artista de música clásica Ludwig Van Beethoven.

El ingeniero relató su historia con el que considera como el más grande de la música de toda la historia, partiendo de su niñez, hasta llegar a la actualidad, en donde además explotó su pasión por la escritura, la poesía y redactó un cuento que fue merecedor del premio de un concurso interno de empleados de RCN Radio a nivel nacional, el cuento es inspirado en sus vivencias y experiencias, partiendo también de lo que le generó visitar en dos ocasiones la casa de su gran ídolo Beethoven, en Bonn, Alemania.

El cuento era corto e inicialmente se llamó Sonata a Kreutzer, pero posteriormente se le realizaron algunas modificaciones, con más detalles que permiten entender mejor el relato y pasó a llamarse Sonata a Croisa.

A continuación, el cuento completo, autoría de Álvaro Guevara.

SONATA A CROISA

En su viaje de regreso, la fiel y sufrida yegua padeció el orden impecable de las piedras del Camino Real. Desde el amanecer, como todos los jueves, cabalgó con su amo al mercado del viejo pueblo, a la capital provincial que está situada en la mediana lejanía de una legua de camino. Pero ahora, en el ocaso del día, estaba retornando cargada, asustadiza y solitaria. Regresaba a su morada, a esa decadente estancia que alguna vez brilló con luz propia y que llamaban El Tabacal.

Tras una larga expedición, Rafael también llegó ese día, más temprano, cuando apenas empezaba a humear el fogón que atesoraba una precaria mazamorra. Dejaba atrás seis meses de duras y fecundas jornadas como consagrado cascarillero, particular oficio que lo mantuvo inmerso en las abundantes tierras baldías que estaban dispuestas en dirección del poniente, cruzando el río Sarabita, en esos bosques inmediatos donde destacaba copiosamente el portentoso y preciado árbol de la quina. Volvió a su casa para reencontrarse con su hermana Concepción y, quizá, para empezar de nuevo.

El auge de la naciente bonanza quinera trajo consigo el milagro económico para un importante puñado de valerosos y ambiciosos andariegos que, como él, anhelaban la riqueza expedita sin importar los riesgos. Rafael, resuelto a todo, aceptó internarse en ese mundo desconocido y peligroso, al que solo estaban invitados quienes con su arrojo resistieran las inclemencias de la selva y las temibles alturas de los gigantes quinos que dominaban esos terrenos vírgenes e inhóspitos. Nadie osó cuestionar la seriedad de su decisión pues la ratificó a voces con una promesa llena de desafíos que se comprometió cumplir. Le dejó claro a todos que con su hachuela, como aliada inseparable, treparía hasta las copas más elevadas (allá donde se presume que están las mejores cortezas), para arrancarlas y hacerlas suyas. Regresar con ellas al pueblo en los tiempos de la mitaca del tabaco fijaría el plazo de honor para reclamar su galardón.

Por eso, estar de nuevo en casa más que una visita fue un canto de victoria (de su victoria) sobre todas las adversidades vividas. Se encontraba en el mejor lugar para disfrutarla y con la mejor compañía para poder evocar tranquilamente sus andanzas por aquellos sinuosos y escabrosos senderos que la forjaron cada vez que pusieron a prueba su fortaleza y su voluntad. Y es que desandarlos fue un calvario mayor, un bienaventurado suplicio que supo resistir mientras traía de vuelta, a cuestas y a lomo de mula, la pesada y valiosa carga recolectada, esa insufrible cascarilla por la que obtuvo a cambio una grandiosa e inesperada paga pues luego de que superó las rigurosas pruebas y revisiones de rutina, demostró ser de una naturaleza que la hacía única. Ciertamente, fue el primer cargamento de cortezas cupreas que llegó a la bodega exportadora del distinguido comprador alemán que la atendía. Esta variedad de quina, difícilmente conocida en el momento, era la más apetecida y mejor pagada en el mercado europeo por sus excelsas propiedades curativas. Rafael no lo sabía y, en consecuencia, pudo haber recibido un monto inferior, con la tarifa normal de la quina blanda, pero la honestidad de aquel cabal comerciante convergió hacia la justa retribución a un trabajo muy bien ejecutado.

Precisamente, ese notable aumento en el precio le dejó su alforja robustecida con las dos morrocotas y el copioso manojo de cuartillos que recibió para completar el saldo. La opulenta bolsa atesoraba un capital nada despreciable para marcar un antes y un después en su joven existencia.

Pero, para su infortunio, poseer esa pequeña fortuna en nada contribuyó para aliviar su maltrecho espíritu que además de cansado había llegado atormentado por una naciente lucha interna que prefirió disimular. Era una contienda con el desánimo y la desilusión que dejó oculta bajo la sombra de las apariencias. Fue por eso que logró pasar por la puerta de El Tabacal con una “cruz a cuestas” sin que Concepción se diera cuenta. Debió ser porque quedó enceguecida por el gozo de tenerlo de vuelta en casa. En efecto, ella sólo vio en él a un cansado y extenuado peregrino que repetidamente imploraba que le concediera la soledad de una hamaca para poder descansar un rato y que le proclamaba con insistencia que tenía en su alforja el remedio para curar muchos de sus males.

Y justo horas más tarde, luego de esa necesaria tregua, y teniendo a la oscuridad como cómplice de sus cavilaciones solitarias en las penumbras que dejaba la luna llena de esa noche callada, fue él mismo quien con su aliento recompuesto y sereno se percató de la presencia de aquella noble yegua que yacía estacionada y casi inmóvil al lado del caney, allí donde se secaban y curaban las hojas de tabaco, muchas de ellas malogradas y pasadas de tiempo según su previa y fugaz inspección.

— ¡Concepción! ¡Venga aquí! ¡Al caney!

El llamado enérgico de Rafael, que bien pudo trascender las fronteras de la finca, no fue correspondido. La infructuosa espera lo llevó a tener que insistirle con uno más vehemente y apropiado.

— ¡Concepción! ¡Venga rápido! Croisa llegó sola y sin Domiciano.

Esas palabras, como flechas bien perfiladas, dieron en el blanco. Sin demora la atraparon pero también la fastidiaron. En su recordación estaba esa última vez en la que él le prometió no volverlo a hacer. Por eso, frustrada y enojada, desde la cocina apresuró su andar con decisión para constatar de una vez su corazonada.

— ¡Ah! ¡Este miserable volvió a sus andanzas!

Era claro para ella. No podía significar otra cosa. En alguna chichería del pueblo estaba gastándose los escasos cuartillos  que le había dado para el mercado. Eso explicaba por qué la yegua estaba de nuevo ahí sola y, seguramente, sin nada.

— ¡Borracho infeliz!

Con rudeza, tomó a la bestia del cabestro acercándola a la luz firme de una vela de largo pabilo que había aparejado Rafael. Pero su rabia e indignación se diluyeron tan pronto como empezó a ver tantas provisiones juntas: panela, pescado seco, harina de cebada, de trigo y de maíz, sal, condimentos, unas grandes hojas de col, unos deliciosos alfandoques y, como nunca antes, un colorido y delicado ramo de flor de mayo.

— ¡No lo puedo creer! ¡Domiciano de verdad me ama!

Esta última frase brotó desde las profundidades de su alma y fue como bálsamo para aliviarla de la aflicción que venía padeciendo por los constantes desprecios que él le infligía sin razón aparente. Su creciente mal genio y sus impensados arrebatos iban de la mano con el desapego que estaba teniendo con la estancia y con ella misma. Sin dudarlo, pudo con serenidad y alegría concluir que Domiciano fingió todo ese tiempo y que la supo confundir con cierto descaro premeditado para luego sorprenderla gratamente. Sus sospechas ya no tenían fundamento y su enojo tampoco.

— ¡Ja! Yo tan malpensada y él tan inocente.

Rafael, mientras contemplaba esa extraña pero gozosa escena, le concedió a su entrecejo delinear una vacilante aprobación. La felicidad de su única hermana en serio le importaba, mas por su cabeza rondaba una seria objeción.

Para ella, la que un día consintió fijarse en las galanterías de aquel hombre y para él, quien un par de cosechas atrás se había ganado la confianza de sus padres por su sabio proceder en todas las lides del cultivo del tabaco, tenía amonestaciones inaplazables. Sin duda, en la preparación de la semilla y del terreno, en el secado y en el curado de las hojas, Domiciano resultó ser el más entendido de la región, pero...

—Si ellos estuvieran vivos, ustedes estarían casados hermanita.

La justificación de tan inquietante aseveración surgió como algo indiscutible que él pretendió destacar y poner en lo más alto.

—Recuerde que el evangelio prohíbe el mancillamiento y nuestros viejos por nada del mundo lo habrían permitido.

Su ruborizado rostro quedó atrapado al instante en un silencio reflexivo, inquisidor y casi eterno. Ese contundente reproche la situó en un escenario de obligadas transformaciones, conformes con la moral de la Santa Iglesia. De eso se convenció, plena de orgullo, mientras olía con deleite sus flores y acariciaba delicadamente la crin de la yegua de Domiciano.

—Siempre me he preguntado una cosa, Rafita. ¿Por qué se llama Croisa? ¡Qué nombre tan raro para una yegua!

Concepción, justo a tiempo, encontró el tema ideal; un cauteloso y sutil atajo para escapar de posibles nuevos reparos y desaprobaciones.

—Eso es culpa de su casi marido y del patrón alemán— le contestó con tono burlón.

Aunque el patrón alemán ya era un personaje conocido para ella, muy poco o casi nada sabía de él, apenas su nombre: Frederick Stünkel o simplemente, don Fred. Se trataba de un probo y aventurero ciudadano teutón, aventajado comerciante de la quina y el tabaco, que había llegado procedente de su natal Bonn a las tierras del estado soberano de Santander por invitación del insigne varón Geo von Lengerke.

Cautivado, Rafael quedó engarzado en una narración imprevista, producto de la astucia de Concepción quien empezó a enterarse de cómo había conocido él a su patrón, poco más de un año atrás, cuando este hacía una excursión casual frente a El Tabacal, justamente esa mañana en la que Domiciano adiestraba con un melodioso y particular doble silbido a su recién comprada y espigada yegua. Ese corto trino le ordenaba a la bestia dirigirse hacia el caney de la finca sin importar en qué lugar estuviera.

— ¡Mujer! Estábamos aquí mirando a la yegua cuando don Fred nos llegó de sorpresa en su caballo… ¡desde allá!

Un singular manoteo que acompañó su discurso, matizó, como si fuera un pincel, los trazos del recorrido de esa incursión que aún no acababa de describir a pesar de la oscuridad.

—Yo me asusté cuando empezó a decirle a Domiciano que silbara de nuevo…

—Y eso, ¿por qué?, hermanito.

—Es que con esa voz de mandamás que tiene, cualquiera se asusta, ¡ja, ja, ja!

La emoción de su relato puso de manifiesto algo insospechado: la asombrosa sumisión del siempre aguerrido Domiciano quien presuroso acató la orden sin resistirla. Y es que allí esa forastera e imponente figura rubia de punzantes ojos azules conspiró junto con su recio y marcado acento germánico para intimidarlo sin compasión. Como resultado, sus silbos se repitieron una y otra vez dejando al ambiente inundado con la minúscula melodía y a la dócil yegua, en el caney, contrariada y desconcertada aunque a él satisfecho y plenamente convencido tras confirmar su pálpito con el último silbido que le permitió entonar a Domiciano.

—Amigos, ¡no hay duda! Esas son las dos primeras notas de la sonata a Croisa — les dijo maravillado y sin reservas.

Un año después, Concepción quedó tan confundida como ellos lo estuvieron aquel día.

— ¡Esa sonata es hermosa pero terrible! ¡Créanme! —añadió.

La narración mostraba a don Frederick como un delirante diciendo disparates. Eso creía Concepción, no obstante, Rafael le confesó que esas palabras, aparentemente absurdas y en un perfecto español, lo sedujeron tanto que quedaron guardadas en su memoria sin saber cómo, en especial las de su tercera frase que significó para él una rara sentencia premonitoria que coincidentemente ese día pudo comprender a plenitud.

—El piano y el violín se aman y también se traicionan.

Concepción no quiso oír más. Si bien nada pudo entenderle, la respuesta a su pregunta ya no le interesaba. Ahora, le preocupaba conocer la suerte de su futuro esposo. Le angustiaba imaginar que alguna desgracia hubiera caído sobre él en el camino.

— ¡Vaya a buscar a Domiciano! ¡Haga algo, hermano!

De repente, el entorno quedó sumido en un silencio incoherente, de desespero y de tranquilidad, que se prolongó más de lo normal.

Sí. Rafael sabía que aún tenía algo por hacer. ¿Por qué esperar más? Sabía que debía culminar la historia. Aún había mucho para contarle y no poco para decirle.

Contarle que cuando llegó a la capital, al pueblo de sus cuitas, para venderle la cascarilla al señor Stünkel, él mismo lo enteró de todo porque quiso tener un gesto solidario dado el aprecio que le profesaba por ser un trabajador ejemplar.

Decirle que Croisa se equivocó de caney, que confundió el camino. Debía ir al caney de Las Honduras, al otro lado de la montaña, y no al caney de El Tabacal.

Decirle que esas flores no eran para ella, las provisiones tampoco.

Contarle que el miserable del Domiciano enamoró a Rosario, la bella y renuente socorrana que lo engañó a pesar de que le juró espera incondicional durante seis meses,...hasta la cosecha de mitaca.

Decirle que, aunque tenía herido y lastimado el corazón, ya su alma y su alforja estaban llenas de razones para quedarse a su lado y así, juntos y en honor de sus padres, salvar a El Tabacal de la ruina en ciernes.

Y, finalmente, para contestar su pregunta, contarle que la infortunada yegua se llamaba Croisa porque don Frederick así se lo pidió ese día a Domiciano al calor de varias totumadas de chicha de la tienda de don Zeferino.

Rafael, absorto aún en sus pensamientos, decidió sacar del bolsillo de su ya desocupada alforja un delgado y marchito libro que, con ruegos, el patrón accedió prestarle en la mañana, a la hora del pago. Era una vieja partitura de la obra musical que él tanto admiraba y de la que tanto hablaba. La tenía guardada en un cajón lateral del bargueño de su despacho y la sacaba cada vez que quería practicar con su violín.

La portada se mostraba con evidentes signos de vejez y un poco maltratada pero aún legible y con unos grandes títulos centrales en idioma alemán:

BEETHOVEN

SONATE FÜR

VIOLINE UND KLAVIER

IN A DUR, OPUS 47

“KREUTZER” * 

* Beethoven, sonata para violín y piano en La Mayor, opus 47, “Kreutzer”

— ¡Arrime la vela, hermana, para que atisbe esto tan bonito!

A pesar de ser un iletrado, como ella, Rafael quiso mostrarle con orgullo lo poco que ya había aprendido.

—El patrón hoy me enseñó a leer. ¡Mire!, aquí dice Croisa…

Sólo bastó con que se encontraran sus miradas. Sus centelleantes ojos le dictaminaron su actuar.

— ¡Sí señora! Mejor me voy con Croisa a buscar a Domiciano.